De ingeniero a inversor

Cómo encontré mi camino y cuánto tardé en hacerlo
Porque la mayoría de las historias de inversión empiezan en el momento bonito. En el "descubrí los dividendos y cambió mi vida". Pero hay muchas páginas antes de llegar ahí, y creo que esas páginas son las más útiles. Las que te ahorran tiempo y dinero si llegas a leerlas antes de cometer los mismos errores.


2013: antes de invertir, había que generar

Soy ingeniero. Y como ingeniero tenía claro desde joven que quería montar mi propia empresa. No por romanticismo emprendedor, sino por una razón muy concreta: sabía que si algún día quería invertir en serio, primero necesitaba tener algo que invertir.

Con 30 años lo hice. Monté mi empresa de ingeniería y me puse a trabajar.

Durante los primeros años no invertí en bolsa. Estaba construyendo el negocio, aprendiendo lo que es llevar una empresa, y formándome por mi cuenta en el mundo de los mercados. Porque siempre me llamó la atención. Leía el Expansión, miraba los índices, seguía qué empresas subían y cuáles bajaban. Cuando encontraba a alguien que supiera del tema —y en 2013 era raro encontrar a esa persona— le exprimía la conversación hasta el final, aunque estuviéramos en una fiesta.

No había otra forma. El ecosistema de inversión en español era prácticamente inexistente comparado con lo que tenemos hoy.


2016: los fondos garantizados que no eran tan garantizados

En 2016 llegó alguien a mi empresa a venderme un PIAS. La historia era bonita: unos fondos garantizados donde tú elegías los porcentajes (emergentes, S&P 500, lo que quisieras) y el dinero trabajaba solo.

Lo que no te contaban tan bien era que solo podías reconfigurar la cartera una vez al año, que la gestión activa real era prácticamente nula, y que las comisiones eran brutales. Se iban comiendo la rentabilidad trimestre a trimestre hasta que la cosa dejaba de tener ningún sentido.

Probé con NN, con Santander, con otros. Todos más o menos igual. Aguanté año y medio y lo dejé.

¿Aprendí algo? Sí: que si alguien te vende algo con mucho entusiasmo y poco papel, conviene leer la letra pequeña antes de firmar.


2017: el trading. O cómo pasé dos años pendiente del mercado americano desde las 15:30 de la tarde

Venía de los fondos aburrido y con ganas de algo más activo. Encontré una escuela de trading aquí en Granada, de análisis técnico y scalping, y me metí de lleno.

Seis meses de formación. Otros seis solo en demo antes de operar con dinero real. El método era sólido: estrategias basadas en soportes y resistencias, gestión del riesgo muy exigente, esperanza matemática positiva sobre el papel.

El problema no era el método. Era yo.

Porque el trading funciona si estás psicológicamente en un buen momento. Si ese día estás cansado, tienes líos en el trabajo o simplemente no estás fino, las operaciones van a salir peor. Y la vida real no te garantiza que todos los días estés en tu mejor versión.

Además, la carga horaria era brutal. Apertura del mercado americano a las 15:30. Atento hasta las 17:30 que era donde más operábamos. Pendiente de los cierres de las 10 de la noche. Eso no era lo que yo buscaba. 

Empecé con unos 2.500 dólares, escalé hasta los 10.000, y llegó un momento en que tuve varias operaciones negativas seguidas, me cargué una de las tres cuentas con las que trabajaba, y mi cabeza me dijo que no podía más. Saqué el dinero de las otras dos y lo dejé.

¿Pérdida total? No. ¿Pérdida de tiempo y energía? Algo. ¿Lección aprendida? Enorme.

Con Tesla, por ejemplo, llegué a ganar unos 7.000$. Le había pillado el patrón al análisis técnico y lo apliqué bien. Con Día, en cambio, llegó un inversor ruso, compró la empresa y la acción se fue a céntimos en días. Perdí 3.000-4.000€. Así funciona esto: hay operaciones que salen, hay operaciones que no, y si el conjunto no te compensa el coste en tiempo y estrés, no tiene sentido seguir.


El momento en que lo entendí todo

Había estado en los dos extremos: lo más pasivo (los fondos donde apenas podías tocar nada) y lo más activo (el trading donde tenías que estar pegado a la pantalla cada tarde). Ninguno de los dos era lo que buscaba.

En algún punto de ese proceso me quedó claro que tenía que haber algo en el medio. Una estrategia donde yo tomara decisiones, pero sin que mi vida dependiera del mercado en tiempo real. Algo de largo plazo de verdad, no de largo plazo en teoría.

Fui buscando. Probé con la especulación en acciones individuales. Vi que se podía ganar dinero, pero tampoco me llenaba. Y entonces, hacia 2020, un poco antes de que llegara el COVID y cambiara todo, lo encontré.

Los dividendos.


¿Qué tiene de especial cobrar dividendos?

Cuando digo que los dividendos me llenaron, no hablo solo de la estrategia en sí. Hablo de algo más específico: el hecho de cobrar una renta aunque el mercado esté cayendo.

Eso tiene un efecto psicológico que es muy difícil de explicar hasta que no lo experimentas. Cuando el mercado baja, todo el mundo entra en pánico. Pero si cada trimestre te llega dinero a la cuenta independientemente de lo que esté haciendo la cotización, tu relación con las caídas cambia por completo.

Además había algo más: si solo tienes que comprar y no vender, te estás ahorrando la mitad del problema. Saber cuándo comprar ya es difícil. Saber cuándo vender es igual de difícil o más. Con los dividendos, la venta no es parte del plan. Compras, cobras, reinviertes.

En abril de 2020 me senté y escribí mi primer plan de inversión real. Tengo guardado el pantallazo de esa nota. Decía algo así: quiero llegar a un patrimonio de 400.000$ que me dé 2.500$ al mes de renta. Ese pantallazo lo muestro cada trimestre en mi video de Nudismo Financiero porque fue donde empezó todo. Con un horizonte temporal, con reglas claras de qué comprar y qué no, y con el compromiso de reinvertir cada euro que cobrara. 

Ese fue el punto de partida de todo.

Lo que viene en el siguiente artículo

Construir una cartera de dividendos desde cero no es tan sencillo como parece. En el camino cometí errores que me costaron dinero y tiempo: empresas que recortaron el dividendo cuando menos me lo esperaba, una cartera que creció demasiado (llegué a tener casi 70 empresas), y la tentación constante de meter dinero donde no debería.

En el próximo artículo te cuento cómo fui construyendo la estrategia, qué reglas me puse y cuáles tuve que romper, y por qué tener una cartera de 58 empresas es exactamente lo contrario de lo que te imaginas cuando empiezas.

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